sábado, 17 de abril de 2010

FALSA IDENTIDAD

Todo lo que está saliendo estos días en la prensa sobre Garzón, lo que por cierto me asusta bastante, ya que me parece inmoral que después de más de treinta años de democracia sigan sucediendo estas cosas, como si Franco hubiera muerto ayer. No solo me asusta el hecho de que aun haya personas que siguen su doctrina sino que el principal partido de la oposición y que si Dios no lo remedia nos gobernará un día estos, lo apoye y que los todopoderosos jueces sean capaces de juzgar, e intentar inhabilitar, ya no solo a un compañero, sino a un gran juez que lo único que ha hecho, entre otras muchas cosas, ha sido iniciar el proceso para juzgar a la red de corrupción más importante de los últimos años en España, e intentar que las víctimas del franquismo, de la dictadura, sean recuperadas de las cunetas para recibir un entierro digno.




Como decía todo esto me ha llevado a recordar una historia que leí hace un par de meses en un periódico de tirada nacional. Un artículo que el periodista titulaba “Las dos muertes de Rafael Mesa” y que me impactó por el drama humano que encierra.

En dicho artículo se cuenta la historia de un hombre de Málaga llamado Rafael Mesa Leal, que durante la guerra civil fue chófer y mecánico del Estado Mayor del ejercito republicano. Su mujer, Dolores y su hijo de pocos meses le habían seguido por el frente y a punto estuvieron de morir de hambre en distintas ocasiones. En 1937 y en un permiso que solicitó, Rafael Mesa se encontró en Alicante con su mujer y su hijo que por entonces tenía un año de edad y esa fue la última vez que le vieron.

Terminada la guerra, Rafael no volvió a su casa. Su mujer pensó que volvería en alguno de los barcos de refugiados que llegaban a Málaga, pero nunca regresó aunque ella no dejo de ir a recibir los barcos por si llegaba.

Dolores no volvió a casarse y para sacar a su hijo adelante trabajaba fregando suelos como hicieron tantas y tantas mujeres en esos años, volvía a su casa con los nudillos de sus manos sangrando, al tiempo que seguía buscando a su marido Rafael.

Finalmente en el año 1953, un hombre llamado Antonio que fue compañero de Rafael durante la guerra, logró contactar con ellos y se reunió con el hijo de Rafael, llamado como su padre, en un bar de Málaga. Allí le contó que al llegar a Vic el 29 de Enero de 1939 les sorprendió un bombardeo, el padre de Rafael se protegió dentro del coche que conducía y Antonio debajo de un puente. Cuando cesó el bombardeo volvió al coche y encontró a Rafael como desvanecido, no se le veían heridas de metralla y no sabía si estaba vivo o muerto así que llamó a los camilleros que le llevaron al Hospital de Santa Creu. Antonio abrió la maleta de Rafael, en la que llevaba chocolate, que había ido guardando para su hijo y recogió una fotografía que llevaba en la que escribió la fecha y que le entregó al hijo de Rafael cuando años mas tarde se encontraron.

A Rafael le habían robado la documentación, pero afortunadamente llevaba el nombre bordado en su camisa y fue así como le inscribieron en el registro de fallecidos.

Pasaron muchos años hasta que Rafael localizó el paradero de su padre y pudo enviar una solicitud a la Generalitat de Cataluña para exhumar sus restos y poder cumplir la promesa que le había hecho a su madre al morir, a los 90 años, de que si le encontraba les enterrarían juntos. Se colocó en la fosa común donde estaba enterrado una placa con su nombre.




Para poder registrar la defunción de su padre, Rafael tuvo que pedir una partida de nacimiento y cuando se la entregaron vio que en un margen decía: “Muerto en Toulouse en 1985”.

Pensando que era un error volvió a contactar con la Generalitat que le ayudo a aclarar el misterio y a encontrar a la familia del otro Rafael Mesa enterrado en Francia.

Contactó con el hijo del otro Rafael quien le contó que su padre al morir le había confesado que en realidad no se llamaba Rafael Mesa sino Rufino Álvarez y que huyendo de la guerra para poder pasar a Francia había robado la documentación de un cadáver.

Es innegable que esta historia es un drama para la familia de Rafael Mesa que durante más de 70 años le estuvo buscando hasta que finalmente lo encontraron en una fosa común en Vic.

Pero no lo fue menos para Rufino Álvarez que durante esos 70 años, para poder sobrevivir tuvo que robar la documentación a un cadáver y renunciar a su autentica identidad, y sus raíces y vivir con el nombre de otro, con la angustia que debe de suponer que un día alguien te descubra. Para su familia, el descubrir que no eran quienes habían creído ser durante casi 50 años, también debe de ser muy difícil afrontar este hecho.

El hijo del autentico Rafael Mesa quiere que se cambié el nombre de la lápida de Toulouse, a lo que el hijo del falso Rafael se niega.

Me pregunto si con el paso de los días estas dos familias habrán podido llegar a un acuerdo y los dos, Rafael y Rufino puedan descansar en paz.

sábado, 27 de marzo de 2010

ELEGIA A RAMON SIJE

Por Miguel Hernandez

En la comenmoración del nacimiento de Miguel Hernandez

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha
muerto como del rayo Ramón Sijé, a quien
tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

Daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofe y hambrienta

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de mis flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.


A las aladas almas de las rosas...
de almendro de nata te requiero,:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

(1 0 de enero de 1936)

viernes, 19 de marzo de 2010

CAMBIO DE LUCES II

Por Julio Cortazar




Si se lo hubiera contado a Lemos le habría dado una idea para otra pieza, clavado que el encuentro se cumplía después de algunas alternativas de suspenso y entonces el muchacho descubría que Luciana era idéntica a lo que había imaginado, prueba de cómo el amor se adelanta al amor y la vista a la vista, teorías que siempre funcionaban bien en Radio Belgrano. Pero Luciana era una mujer de más de treinta años, llevados eso sí con todas las de la ley, bastante menos menuda que la mujer de las cartas en la galería, y con un precioso pelo negro que vivía como por su cuenta cuando movía la cabeza. De la cara de Luciana yo no me había hecho una imagen precisa salvo los ojos claros y la tristeza; los que ahora me recibieron sonriéndome eran marrones y nada tristes bajo ese pelo movedizo. Que le gustara el whisky me pareció simpático, por el lado de Lemos casi todos los encuentros románticos empezaban con té (y con Bruna había sido café con leche en un vagón de ferrocarril). No se disculpó por la invitación, y yo que a veces sobreactúo porque en el fondo no creo demasiado en nada de lo que me sucede, me sentí muy natural y el whisky por una vez no era falsificado. De veras, lo pasamos muy bien y fue como si nos hubieran presentado por casualidad y sin sobreentendidos, como empiezan las buenas relaciones en que nadie tiene nada que exhibir o que disimular; era lógico que se hablara sobre todo de mí porque yo era el conocido y ella solamente dos cartas y Luciana, por eso sin parecer vanidoso la dejé que me recordara en tantas novelas radiales, aquella en que me mataban torturándome, la de los obreros sepultados en la mina, algunos otros papeles. Poco a poco yo le iba ajustando la cara y la voz, desprendiéndome con trabajo de las cartas, de la galería cerrada y el sillón de mimbre; antes de separarnos me enteré de que vivía en un departamento bastante chico en planta baja y con su tía Poli que allá por los los años treinta había tocado el piano en Pergamino. También Luciana hacía sus ajustes como siempre en esas relaciones de gallo ciego, casi al final me dijo que me había imaginado más alto, con pelo crespo y ojos grises; lo del pelo crespo me sobresaltó porque en ninguno de mis papeles yo me había sentido a mí mismo con pelo crespo, pero acaso su idea era como una suma, un amontonamiento de todas las canalladas y las traiciones de las piezas de Lemos. Se lo comenté en broma y Luciana dijo que no, los personajes los había visto tal como Lemos los pintaba pero al mismo tiempo era capaz de ignorarlos, de hermosamente quedarse sólo conmigo, con mi voz y vaya a saber por qué con una imagen de alguien más alto, de alguien con el pelo crespo.

Si Bruna hubiera estado aún en mi vida no creo que me hubiera enamorado de Luciana; su ausencia era todavía demasiado presente, un hueco en el aire que Luciana empezó a llenar sin saberlo, probablemente sin esperarlo. En ella en cambio todo fue más rápido, fue pasar de mi voz a ese otro Tito Balcárcel de pelo lacio y menos personalidad que los monstruos de Lemos; todas esas operaciones duraron apenas un mes, se cumplieron en dos encuentros en cafés, un tercero en mi departamento, la gata aceptó el perfume y la piel de Luciana, se le durmió en la falda, no pareció de acuerdo con un anochecer en que de golpe estuvo de más, en que debió saltar maullando al suelo. La tía Poli se fue a vivir a Pergamino con una hermana, su misión estaba cumplida y Luciana se mudó a mi casa esa semana; cuando la ayudé a preparar sus cosas me dolió la falta de la galería cubierta, de la luz cenicienta, sabía que no las iba a encontrar y sin embargo había algo como una carencia, una imperfección. La tarde de la mudanza la tía Poli me contó dulcemente la módica saga de la familia, la infancia de Luciana, el novio aspirado para siempre por una oferta de frigoríficos de Chicago, el matrimonio con un hotelero de Primera Junta y la ruptura seis años atrás, cosas que yo había sabido por Luciana pero de otra manera, como si ella no hubiera hablado verdaderamente de sí misma ahora que parecía empezar a vivir por cuenta de otro presente, de mi cuerpo contra el suyo, los platitos de leche a la gata, el cine a cada rato, el amor.

Me acuerdo que fue más o menos en la época de Sangre en las espigas cuando le pedí a Luciana que se aclarara el pelo. Al principio le pareció un capricho de actor, si querés me compro una peluca, me dijo riéndose, y de paso a vos te quedaría tan bien una con el pelo crespo, ya que estamos. Pero cuando insistí unos días después, dijo que bueno, total lo mismo le daba el pelo negro o castaño, fue casi como si se diera cuenta de que en mí ese cambio no tenía nada que ver con mis manías de actor sino con otras cosas, una galería cubierta, un sillón de mimbre. No tuve que pedírselo otra vez, me gustó que lo hubiera hecho por mí y se lo dije tantas veces mientras nos amábamos, mientras me perdía en su pelo y sus senos y me dejaba resbalar con ella a otro largo sueño boca a boca. (Tal vez a la mañana siguiente, o fue antes de salir de compras, no lo tengo claro, le junté el pelo con las dos manos y se lo até en la nuca, le aseguré que le quedaba mejor así. Ella se miró en el espejo y no dijo nada, aunque sentí que no estaba de acuerdo y que tenía razón, no era mujer para recogerse el pelo, imposible negar que le quedaba mejor cuando lo llevaba suelto antes de aclarárselo, pero no se lo dije porque me gustaba verla así, verla mejor que aquella tarde cuando había entrado por primera vez en la confitería).

Nunca me había gustado escucharme actuando, hacía mi trabajo y basta, los colegas se extrañaban de esa falta de vanidad que en ellos era tan visible; debían pensar, acaso con razón, que la naturaleza de mis papeles no me inducía demasiado a recordarlos, y por eso Lemos me miró levantando las cejas cuando le pedí los discos de archivo de Rosas de ignominia, me preguntó para qué lo quería y le contesté cualquier cosa, problemas de dicción que me interesaba superar o algo así. Cuando llegué con el álbum de discos, Luciana se sorprendió también un poco porque yo no le hablaba nunca de mi trabajo, era ella que cada tanto me daba sus impresiones, me escuchaba por las tardes con la gata en la falda. Repetí lo que le había dicho a Lemos pero en vez de escuchar las grabaciones en otro cuarto traje el tocadiscos al salón y le pedí a Luciana que se quedara un rato conmigo, yo mismo preparé el té y arreglé las luces para que estuviera cómoda. Por qué cambiás de lugar esa lámpara, dijo Luciana, queda bien ahí. Quedaba bien como objeto pero echaba una luz cruda y caliente sobre el sofá donde se sentaba Luciana, era mejor que sólo le llegara la penumbra de la tarde desde la ventana, una luz un poco cenicienta que se envolvía en su pelo, en sus manos ocupándose del té. Me mimás demasiado, dijo Luciana, todo para mí y vos ahí en un rincón sin siquiera sentarte.

Desde luego puse solamente algunos pasajes de Rosas, el tiempo de dos tazas de té, de un cigarrillo. Me hacía bien mirar a Luciana atenta al drama, alzando a veces la cabeza cuando reconocía mi voz y sonriéndome como si no le importara saber que el miserable cuñado de la pobre Carmencita comenzaba sus intrigas para quedarse con la fortuna de los Pardo, y que la siniestra tarea continuaría a lo largo de tantos episodios hasta el inevitable triunfo del amor y la justicia según Lemos. En mi rincón (había aceptado una taza de té a su lado pero después había vuelto al fondo del salón como si desde ahí se escuchara mejor) me sentía bien, reencontraba por un momento algo que me había estado faltando; hubiera querido que todo eso se prolongara, que la luz del anochecer siguiera pareciéndose a la de la galería cubierta. No podía ser, claro, y corté el tocadiscos y salimos juntos al balcón después que Luciana hubo devuelto la lámpara a su sitio porque realmente quedaba mal allí donde yo la había corrido. ¿Te sirvió de algo escucharte?, me preguntó acariciándome una mano. Sí, de mucho, hablé de problemas de respiración, de vocales, cualquier cosa que ella aceptaba con respeto; lo único que no le dije fue que en ese momento perfecto sólo había faltado el sillón de mimbre y quizá también que ella hubiera estado triste, como alguien que mira el vacío antes de continuar el párrafo de una carta.

Estábamos llegando al final de Sangre en las espigas, tres semanas más y me darían vacaciones. Al volver de la radio encontraba a Luciana leyendo o jugando con la gata en el sillón que le había regalado para su cumpleaños junto con la mesa de mimbre que hacía juego. No tiene nada que ver con este ambiente, había dicho Luciana entre divertida y perpleja, pero si a vos te gustan a mí también, es un lindo juego y tan cómodo. Vas a estar mejor en él si tenés que escribir cartas, le dije. Sí, admitió Luciana, justamente estoy en deuda con tía Poli, pobrecita. Como por la tarde tenía poca luz en el sillón (no creo que se hubiera dado cuenta de que yo había cambiado la bombilla de la lámpara) acabó por poner la mesita y el sillón cerca de la ventana para tejer o mirar las revistas, y tal vez fue en esos días de otoño, o un poco después, que una tarde me quedé mucho tiempo a su lado, la besé largamente y le dije que nunca la había querido tanto como en ese momento, tal como la estaba viendo, como hubiera querido verla siempre. Ella no dijo nada, sus manos andaban por mi pelo despeinándome, su cabeza se volcó sobre mi hombro y se estuvo quieta, como ausente. ¿Por qué esperar otra cosa de Luciana, así al filo del atardecer? Ella era como los sobres lila, como las simples, casi tímidas frases de sus cartas. A partir de ahora me costaría imaginar que la había conocido en una confitería, que su pelo negro suelto había ondulado como un látigo en el momento de saludarme, de vencer la primera confusión del encuentro. En la memoria de mi amor estaba la galería cubierta, la silueta en un sillón de mimbre distanciándola de la imagen más alta y vital que de mañana andaba por la casa o jugaba con la gata, esa imagen que al atardecer entraría una y otra vez en lo que yo había querido, en lo que me hacía amarla tanto.

Decírselo, quizá. No tuve tiempo, pienso que vacilé porque prefería guardarla así, la plenitud era tan grande que no quería pensar en su vago silencio, en una distracción que no le había conocido antes, en una manera de mirarme por momentos como si buscara, algo, un aletazo de mirada devuelta enseguida a lo inmediato, a la gata o a un libro. También eso entraba en mi manera de preferirla, era el clima melancólico de la galería cubierta, de los sobres lila. Sé que en algún despertar en la alta noche, mirándola dormir contra mí, sentí que había llegado el tiempo de decírselo, de volverla definitivamente mía por una aceptación total de mi lenta telaraña enamorada. No lo hice porque Luciana dormía, porque Luciana estaba despierta, porque ese martes íbamos al cine, porque estábamos buscando un auto para las vacaciones, porque la vida venía a grandes pantallazos antes y después de los atardeceres en que la luz cenicienta parecía condensar su perfección en la pausa del sillón de mimbre. Que me hablara tan poco ahora, que a veces volviera a mirarme como buscando alguna cosa perdida, retardaban en mí la oscura necesidad de confiarle la verdad, de explicarle por fin el pelo castaño, la luz de la galería. No tuve tiempo, un azar de horarios cambiados me llevó al centro un fin de mañana, la vi salir de un hotel, no la reconocí al reconocerla, no comprendí al comprender que salía apretando el brazo de un hombre más alto que yo, un hombre que se inclinaba un poco para besarla en la oreja, para frotar su pelo crespo contra el pelo castaño de Luciana.

F I N

¿Os ha gustado? Tengo un amigo que igualmente escribe cuentos y también lo hace muy bien. Me gustaría que algún día me escribiera uno para publicar aquí, pero no se si tendré esa suerte. Algún día se lo pediré

viernes, 12 de marzo de 2010

CAMBIO DE LUCES


Tengo que reconocer que lo mio con Julio Cortazar fue un autentico flechazo. Sabia sobradamente quien era Julio Cortazar y sin embargo no había leído (perdón por no haberlo hecho) nada suyo. Estaba buscando un regalo de cumpleaños para un amigo. Un amigo al que era difícil regalar ya que nunca conseguí en casi 25 años hacerle un regalo que le gustara, o que demostrara que le había gustado y eso que le había hecho regalos de todo tipo. Esta vez decidí regalarle un libro de Julio Cortazar por aquello de que seguramente le tenía que agradar, claro que otras veces había elegido regalos que le tenían que haber gustado y sin embargo ….Elegí, de una colección de obras completas el volumen de cuentos.

Como había comprado el libro con tiempo decidí echarle una ojeada. Empecé un cuento y después otro, y otro, y me enganché, así que decidí acabar el libro antes de dárselo pero se fue acercando el día en que tendría que dar el libro y no lo había terminado ya que era un libro de mil y pico páginas. Nunca en mi vida había hecho un regalo que ya estuviera usado pero esta iba a ser la primera vez, siempre hay una primera vez para todo. El día anterior al cumpleaños decidí quedarme con el y salí corriendo a comprar otra cosa; de todas formas daba igual ya que como he dicho nunca había acertado con el regalo.

Como dije el libro que he elegido ha sido “Cambio de Luces” que espero resulte interesante, si alguien lo lee

Cambio de luces
por Julio Cortazar

Esos jueves al caer la noche cuando Lemos me llamaba después del ensayo en Radio Belgrano y entre dos cinzanos los proyectos de nuevas piezas, tener que escuchárselos con tantas ganas de irme a la calle y olvidarme del radioteatro por dos o tres siglos, pero Lemos era el autor de moda y me pagaba bien para lo poco que yo tenía que hacer en sus programas, papeles más bien secundarios y en general antipáticos. Tenés la voz que conviene, decía amablemente Lemos, el radioescucha te escucha y te odia, no hace falta que traiciones a nadie o que mates a tu mamá con estricnina, vos abrís la boca y ahí nomás media Argentina quisiera romperte el alma a fuego lento.

No Luciana, precisamente el día en que nuestro galán Jorge Fuentes al término de Rosas de ignominia recibía dos canastas de cartas de amor y un corderito blanco mandado por una estanciera romántica del lado de Tandil, el petiso Mazza me entregó el primer sobre lila de Luciana. Acostumbrado a la nada en tantas de sus formas, me lo guardé en el bolsillo antes de irme al café (teníamos una semana de descanso después del triunfo de Rosas y el comienzo de Pájaro en la tormenta) y solamente en el segundo martini con Juárez Celman y Olive me subió al recuerdo el color del sobre y me di cuenta de que no había leído la carta; no quise delante de ellos porque los aburridos buscan tema y un sobre lila es una mina de oro, esperé a llegar a mi departamento donde la gata por lo menos no se fijaba en esas cosas, le di su leche y su ración de arrumacos, conocí a Luciana.

No necesito ver una foto de usted, decía Luciana, no me importa que Sintonía y Antena publiquen fotos de Míguez y de Jorge Fuentes pero nunca de usted, no me importa porque tengo su voz, y tampoco me importa que digan que es antipático y villano, no me importa que sus papeles engañen a todo el mundo, al contrario, porque me hago la ilusión de ser la sola que sabe la verdad: usted sufre cuando interpreta esos papeles, usted pone su talento pero yo siento que no está ahí de veras como Míguez o Raquelita Bailey, usted es tan diferente del príncipe cruel de Rosas de ignominia. Creyendo que odian al príncipe lo odian a usted, la gente confunde y ya me di cuenta con mi tía Poli y otras personas el año pasado cuando usted era Vassilis, el contrabandista asesino. Esta tarde me he sentido un poco sola y he querido decirle esto, tal vez no soy la única que se lo ha dicho y de alguna manera lo deseo por usted, que se sepa acompañado a pesar de todo, pero al mismo tiempo me gustaría ser la única que sabe pasar al otro lado de sus papeles y de su voz, que está segura de conocerlo de veras y de admirarlo más que a los que tienen los papeles fáciles. Es como con Shakespeare, nunca se lo he dicho a nadie, pero cuando usted hizo el papel, Yago me gustó más que Otelo. No se crea obligado a contestarme, pongo mi dirección por si realmente quiere hacerlo, pero si no lo hace yo me sentiré lo mismo feliz de haberle escrito todo esto.

Caía la noche, la letra era liviana y fluida, la gata se había dormido después de jugar con el sobre lila en el almohadón del sofá. Desde la irreversible ausencia de Bruna ya no se cenaba en mi departamento, las latas nos bastaban a la gata y a mí, y a mí especialmente el coñac y la pipa. En los días de descanso (después tendría que trabajar el papel de Pájaro en la tormenta) releí la carta de Luciana sin intención de contestarla porque en ese terreno un actor, aunque solamente reciba una carta cada tres años, estimada Luciana, le contesté antes de irme al cine el viernes por la noche, me conmueven sus palabras y ésta no es una frase de cortesía. Claro que no lo era, escribí como si esa mujer que imaginaba más bien chiquita y triste y de pelo castaño con ojos claros estuviera sentada ahí y yo le dijera que me conmovían sus palabras. El resto salió más convencional porque no encontraba qué decirle después de la verdad, todo se quedaba en un relleno de papel, dos o tres frases de simpatía y gratitud, su amigo Tito Balcárcel. Pero había otra verdad en la posdata: Me alegro de que me haya dado su dirección, hubiera sido triste no poder decirle lo que siento.

A nadie le gusta confesarlo, cuando no se trabaja uno termina por aburrirse un poco, al menos alguien como yo. De muchacho tenía bastantes aventuras sentimentales, en las horas libres podía recorrer el espinel y casi siempre había pesca, pero después vino Bruna y eso duró cuatro años, a los treinta y cinco la vida en Buenos Aires empieza a desteñirse y parece que se achicara, al menos para alguien que vive solo con una gata y no es gran lector ni amigo de caminar mucho. No que me sienta viejo, al contrario; más bien parecería que son los demás, las cosas mismas que envejecen y se agrietan; por eso a lo mejor preferir las tardes en el departamento, ensayar Pájaro en la tormenta a solas con la gata mirándome, vengarme de esos papeles ingratos llevándolos a la perfección, haciéndolos míos y no de Lemos, transformando las frases más simples en un juego de espejos que multiplica lo peligroso y fascinante del personaje. Y así a la hora de leer el papel en la radio todo estaba previsto, cada coma y cada inflexión de la voz, graduando los caminos del odio (otra vez era uno de esos personajes con algunos aspectos perdonables pero cayendo poco a poco en la infamia hasta un epílogo de persecución al borde de un precipicio y salto final con gran contento de radioescuchas). Cuando entre dos mates encontré la carta de Luciana olvidada en el estante de las revistas y la releí de puro aburrido, pasó que de nuevo la vi, siempre he sido visual y fabrico fácil cualquier cosa, de entrada Luciana se me había dado más bien chiquita y de mi edad o por ahí, sobre todo con ojos claros y como transparentes, y de nuevo la imaginé así, volví a verla como pensativa antes de escribirme cada frase y después decidiéndose. De una cosa estaba seguro, Luciana no era mujer de borradores, seguro que había dudado antes de escribirme, pero después escuchándome en Rosas de ignominia le habían ido viniendo las frases, se sentía que la carta era espontánea y a la vez -acaso por el papel lila- dándome la sensación de un licor que ha dormido largamente en su frasco.

Hasta su casa imaginé con sólo entornar los ojos, su casa debía ser de esas con patio cubierto o por lo menos galería con plantas, cada vez que pensaba en Luciana la veía en el mismo lugar, la galería desplazando finalmente el patio, una galería cerrada con claraboyas de vidrios de colores y mamparas que dejaban pasar la luz agrisándola, Luciana sentada en un sillón de mimbre y escribiéndome usted es muy diferente del príncipe cruel de Rosas de ignominia, llevándose la lapicera a la boca antes de seguir, nadie lo sabe porque tiene tanto talento que la gente lo odia, el pelo castaño como envuelto por una luz de vieja fotografía, ese aire ceniciento y a la vez nítido de la galería cerrada, me gustaría ser la única que sabe pasar al otro lado de sus papeles y de su voz.

La víspera de la primera tanda de Pájaro hubo que comer con Lemos y los otros, se ensayaron algunas escenas de esas que Lemos llamaba clave y nosotros clavo, choque de temperamentos y andanadas dramáticas, Raquelita Bailey muy bien en el papel de Josefina, la altanera muchacha que lentamente yo envolvería en mi consabida telaraña de maldades para las que Lemos no tenía límites. Los otros calzaban justo en sus papeles, total maldita la diferencia entre ésa y las dieciocho radionovelas que ya llevábamos actuadas. Si me acuerdo del ensayo es porque el petiso Mazza me trajo la segunda carta de Luciana y esa vez sentí ganas de leerla enseguida y me fui un rato al baño mientras Angelita y Jorge Fuentes se juraban amor eterno en un baile de Gimnasia y Esgrima, esos escenarios de Lemos que desencadenaban el entusiasmo de los habitués y daban más fuerza a las identificaciones psicológicas con los personajes, por lo menos según Lemos y Freud.

Le acepté la simple, linda invitación a conocerla en una confitería de Almagro. Había el detalle monótono del reconocimiento, ella de rojo y yo llevando el diario doblado en cuatro, no podía ser de otro modo y el resto era Luciana escribiéndome de nuevo en la galería cubierta, sola con su madre o tal vez su padre, desde el principio yo había visto un viejo con ella en una casa para una familia más grande y ahora llena de huecos donde habitaba la melancolía de la madre por otra hija muerta o ausente, porque acaso la muerte había pasado por la casa no hacía mucho, y si usted no quiere o no puede yo sabré comprender, no me corresponde tomar la iniciativa pero también sé -lo había subrayado sin énfasis- que alguien como usted está por encima de muchas cosas. Y agregaba algo que yo no había pensado y que me encantó, usted no me conoce salvo esa otra carta, pero yo hace tres años que vivo su vida, lo siento como es de veras en cada personaje nuevo, lo arranco del teatro y usted es siempre el mismo para mí cuando ya no tiene el antifaz de su papel. (Esa segunda carta se me perdió, pero las frases eran así, decían eso; recuerdo en cambio que la primera carta la guardé en un libro de Moravia que estaba leyendo, seguro que sigue ahí en la biblioteca).

Continuará …………………………



sábado, 6 de marzo de 2010

RELACIONES PERSONALES E INTERNET

Actualmente proliferan en Internet los blogs y las redes sociales, en las que las personas se relacionan unas con otras, cualquier persona “que pasa por allí” puede leer los comentarios que cruzas con otros e incluso participar. En algunas páginas parece como si el fin fuera acumular la mayor cantidad de amigos posible, y la mayor parte de las veces esos “amigos” no se han cruzado la mas mínima palabra, me consta además, pero queda muy bien tener 500 amigos o más, hay un dicho que dice: “tanto tienes tanto vales” y aquí creo que se puede aplicar perfectamente.

Yo también estoy en estas redes sociales, como no podía ser menos, aunque tengo que admitir que estoy bastante perdida. Tengo la sensación de que hay unas reglas no escritas de comportamiento, reglas que yo francamente desconozco y que me llenan de dudas acerca de cómo actuar, por lo que lo más probable es que actúe de forma incorrecta. Me gustaría que alguien me explicara cómo hay que actuar.

En los blogs, en los que publicas aquello que te interesa, y dejas reflejados tus pensamientos o sentimientos, publicas tus fotos y subes tus videos, se dejan comentarios en los post, y poco a poco y más si eres seguidor del bloguero, con el que casi está asegurada la afinidad, ya que se supone que si sigues un blog es porque los temas que en él se tratan son de tu interés, terminas por intercambiar los correos electrónicos y por mantener una correspondencia al margen del blog, cruzando correos, chateando, etc. En algunos casos llegas a considerar a esa persona virtual a la que no conoces de nada, como a un amigo de carne y hueso, porque después de todo uno no es simplemente una página o un blog de internet, detrás o mejor dicho por encima de todo hay un ser un humano con sentimientos.

Pero todo esto no es nuevo, ya cuando yo era adolescente, existía algo parecido. Entonces no existía internet, era allá por el año 68, pero existían las revistas juveniles en las que se publicaban anuncios de personas que querían mantener correspondencia con otras.

En estos anuncios, indicabas tus aficiones y tus gustos, generalmente musicales y si alguien, cuando leía el anunció estaba interesado o tenía algo en común escribía.

En una de aquellas revistas conocí a mi amigo Carlos, era de Barcelona. El escribir a Carlos empezó como un juego. Mi amiga llevaba un tiempo escribiéndose con un chico que se llamaba Enrique, al que le gustaba el grupo Máquina y un día en la misma revista que ella había leído el anuncio de este chico, apareció otro anuncio de un chico, con los mismos apellidos y la misma dirección que el amigo de mi amiga, así que decidí escribirle yo, pero sin decir nada de que sabía quién era.

Tardé cuatro o cinco cartas en confesarle la verdad, y me costó esperar tanto tiempo porque lo cierto fue que me cayó tan bien que me parecía que le estaba traicionando. Llegamos a ser buenos amigos, las cartas aunque al principio las escribíamos a mano eran bastante largas, y las de Carlos incluso más porque tenía una letra pequeña y apretada lo que hacía que un folio valiera por dos. Nos poníamos una especie de test, en el que nos preguntábamos sobre nuestros gustos y opiniones, hay que tener en cuenta que teníamos 13 años. Con el tiempo empezamos a escribirnos a máquina y entonces se alargaron mas ya que nos cansábamos menos. En esas cartas fuimos vertiendo los sentimientos que se iban produciendo con el cambio de la adolescencia a la juventud. Hablábamos de nuestros amores e incluso de nuestras inquietudes sexuales, pero de una forma totalmente sana, éramos dos personas que estábamos experimentando un cambio importante, yo le contaba mis aventuras montañeras, cuando empecé a ir a la montaña y él sus andanzas por Barcelona. La correspondencia duro muchos años, más de doce, eran dos cartas semanales las que nos escribíamos y ya al final con las obligaciones, y los estudios de la carrera de Carlos, que hizo dos, se fueron espaciando.

Tardamos alrededor de seis años en conocernos personalmente, nos cruzamos fotos, y nos llamábamos de vez en cuando por teléfono, aunque preferíamos escribir. El problema era que él era de Barcelona y yo de Madrid, y ahora es mucho más fácil y asequible viajar de Madrid a Barcelona o viceversa pero entonces, el estudiando y aunque yo trabajaba, los sueldos no daban para viajes. Finalmente un fin de semana vino a Madrid a conocerme.

Quedamos en una cafetería en el centro de Madrid, yo fui con una pareja amiga y menos mal porque creo que yo no supe estar a la altura de las circunstancias. Carlos era muy alto, medía dos metros, yo soy más bien bajita, y no se nos ocurrió otra cosa que ir a una discoteca. No hubo mayor problema, mientras estuvimos hablando, aunque curiosamente y a pesar de habernos contado siempre nuestras intimidades, estábamos un poco cortados, pero en un momento dado y cuando pusieron las lentas, como hacían en esa época, Carlos quiso bailar y yo dije que no, porque me daba un poco de corte y ahí hubo un momento un poco tenso, afortunadamente mi amiga salió a bailar con él y parece que se relajó el ambiente. Después le escribí una carta pidiéndole perdón por mi comportamiento y por haberle defraudado.

Julio Cortázar escribió un cuento en el año 77 titulado “Cambio de Luces”, es acerca de unas personas que cruzan correspondencia y se imaginan de una forma determinada y cuando después se conocen…. Ese relato le publicaré la semana que viene en dos partes para no hacerlo muy largo.

Años más tarde, en el año 78, y aprovechando unas vacaciones mías a la Costa Brava, paré en Barcelona y le llamé, pero como quería darle una sorpresa no le dije que iba a ir y él se marchó de viaje y no pude verle. En una relación que duró 13 ó 14 años solo nos vimos una vez.

Dejamos de escribirnos de una forma tonta y de película dramática. Carlos había cambiado varias veces de dirección y en la última, me escribió una carta con la nueva, yo llevaba la carta en mi bolso, me dieron un tirón desde un coche y me robaron el bolso y la carta con él. Le estuve llamando por teléfono pero no conseguí contactar, nunca cogían el teléfono, así que le escribí a la dirección antigua con la esperanza de que recibiera la carta, pero un par de meses después vino devuelta poniendo “desconocido”, durante cierto tiempo le estuve llamando por teléfono, pero no tuve suerte, supongo que de teléfono también cambió. Es verdad que al ver que yo no le escribía él podía haberme llamado, pero no lo hizo y así acabó todo, supongo que había llegado el momento de decirnos adios. Y lo sentí, lo sentí muchisimo. Todavía conservo parte de sus cartas y me gustaría saber que fue de su vida.

Ahora con Internet estas cosas no pasan, las direcciones no se pierden, aunque es verdad que si a una de las personas le pasa algo la otra no tiene forma de enterarse y siempre quedará la duda de que fue lo que realmente pasó. Aunque también es posible que algún día tropiecen en algún muro o en algún blog. Con todo lo inmenso que es Internet a veces puede ser un pañuelo.

miércoles, 24 de febrero de 2010

EL DIA DE LAS TARTAS


Una anécdota de las muchas que se producían cada semana contada desde la perspectiva del tiempo puede parecer una tontería, pero lo cierto es que entonces a nosotros no nos lo parecía. Éramos gente joven que quería comerse el mundo, con ganas de divertirse y de vivir, con sueños, ilusiones y deseos por cumplir. Sueños que todos compartíamos.
Antes de empezar a subir con Loquillo, subíamos con un grupo variopinto de chicos, y digo variopinto porque eran totalmente distintos unos de otros, incluso vivían en distintas barriadas de Madrid. San Blas, Delicias, Puerta de Toledo y Paseo de Extremadura, pero si tenían una cosa en común…. La Montaña
Aunque ya no subíamos con ellos la relación era buena, solo había una excepción, pero con ignorarnos era suficiente. Algunos de ellos, que con el tiempo fueron parte importante de nuestras vidas, si nos encontraban por ahí dejaban a los demás y se quedaban con nosotros.
Había algunos Fernando en el grupo, eran de los del Paseo de Extremadura, así que un día decidieron que el 30 de Mayo que es el día de San Fernando, o el fin de semana más cercano, había que subir a Pedriza con unas tartas. Nos invitaron a Loquillo, Mari Paz y a mí y como se corrió la voz, se agregó algún Fernando más. Cada Fernando tenía que llevar una tarta grande.
Cuando llegó el gran día, allá nos fuimos todos, un sábado por la tarde, cargados con los macutos y las tartas. Creo que éramos más de 20, porque como sucede en toda celebración, se agregaron, amigos, primos, etc. Como siempre Mari Paz y yo éramos las únicas chicas. Si mi padre me hubiera podido ver por un agujerito seguro que le habría dado algo.
Subíamos despacio, como ocurre cuando va tanta gente junta y además con ganas de divertirse, íbamos camino del Tolmo. Antes de llegar al Tolmo a la izquierda del camino nos quedamos.
Era una noche de luna llena, con lo que Pedriza estaba espectacular, pero espectacular de verdad. Nadie debería morirse sin ver una noche como aquella.
Se colocaron los sacos y se empezó a sacar la cena de los macutos. Los filetes empanados, la tortilla, pimientos, filetes rusos, vamos lo típico que se llevaba entonces para comer y que creo que era lo que llevábamos todo aquel que subíamos a la sierra. Uno de los agregados que era amigo de Juan, llevaba un chorizo y queso de su pueblo que estaba de muerte.
Alguien había llevado linternas de esas de camping gas y nos pusimos a compartir la comida y parecía como si estuviéramos en una boda, y que teníamos las tartas y todo. Se oyó el típico ¡Que se besen, que se besen! ¡Viva las chicas! ¡Viva los Fernandos! Y ya se hacía vivas a todo, que si ¡Viva el Pájaro! ¡Viva el Tolmo!, etc. y risas y más risas de todos. Se hablaba de aquello que ya se había hecho y de lo que se soñaba con hacer. Se empezaron a contar historias, como la leyenda de la cueva de la mora, la leyenda del cancho de los muertos y la de un montañero que:
Cuentan que un alpinista, apasionado por conquistar una altísima montaña, inició su travesía después de años de preparación, quiso subir sin ningún compañero.
Empezó la ascensión y se le fue haciendo tarde y más tarde y no se preparó para acampar sino que decidió seguir subiendo y oscureció.
La noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña, ya no se podía ver casi nada. Todo era negro y las nubes no dejaban ver la luna y las estrellas. Cuando estaba solo a unos pocos metros de la cima, resbaló y se deslizó a una velocidad vertiginosa.
El alpinista solo podía ver veloces manchas oscuras y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad.
Seguía cayendo y en esos angustiosos momentos le pasaron por su mente todos los episodios gratos y no tan gratos de su vida. Pensaba en la cercanía de la muerte y rogó a Dios que le salvara
De repente, sintió un fuerte tirón de la larga cuerda que lo amarraba de la cintura a los tacos clavados en la roca de la montaña. En ese momento de quietud, suspendido en el aire gritó: ¡¡¡Ayúdame Dios mío!!!.
De pronto una voz grave y profunda de los cielos le contestó: ¿Y qué quieres que haga?
El montañero contestó ¡¡Sálvame Dios mío!!
Y escuchó una nueva pregunta: “¿Realmente crees que yo te puedo salvar de ésta?
Y el hombre contestó: “Por supuesto, Señor”.
Y oyó de nuevo a la voz que le decía: “Pues entonces corta la cuerda que te sostiene…”.
Hubo un momento de silencio.
El hombre se aferró más aún a la cuerda.
Cuenta el equipo de rescate, que al día siguiente encontraron a un alpinista muerto, suspendido de una cuerda, con las manos fuertemente aferrado a ella ….y a tan solo un metro del suelo.
Ya habíamos terminado de cenar y habíamos acabado con las tartas, cuando de repente alguien dijo: ¡Vamos a hacernos el Tolmo!

Y hacia el Tolmo nos fuimos todo el mundo. Cuando llegamos había gente allí preparándose para dormir o charlando, pero con nuestra llegada se espabilaron, hubo quien se puso a escalar en el Tolmo, otros se fueron hacia el Pájaro, sepa Dios a que y otros se quedaron a mitad de camino. Estaba amaneciendo cuando llegamos el último a dormir



Al día siguiente estábamos medio muertos por la falta de sueño pero aun así la gente se fue a escalar, unos se fueron a las Buitreras y otros volvieron al Pájaro. Bajamos tarde a comer al restaurante al que íbamos en el tranco y siguió la alegría. Ya en el autobús de regreso algunos se echaron un sueñecito, porque realmente estábamos cansados pero felices.
Nosotros podíamos considerarnos AFORTUNADOS y PRIVILEGIADOS, porque estábamos donde queríamos haciendo lo que nos gustaba y eso no le estaba permitido a todo el mundo y mientras nos divertíamos y comíamos tartas en Pedriza, en el mundo exterior, o real, vivíamos en una dictadura, que estaba viviendo sus últimos años aunque por entonces no lo sabíamos.
Todavía en esos tiempos la policía visitaba las casas de aquellos que alguna vez habían estado encarcelados por ser contrarios al régimen de Franco, solicitando información sobre ellos a sus vecinos; querían saber como vivían y que hacían y si recibían muchas visitas porque si era así se consideraban reuniones clandestinas, esto no era conocido por el gran público, los vecinos a los que preguntaban generalmente se lo contaban al interesado para que estuvieron preparados e informados.
España era un país en el que en ese tiempo aun existía la pena de muerte, por fusilamiento o por medio de garrote vil que consistía en un collar de hierro que mediante un tornillo, con una bola al final retrocedía produciendo la muerte por la dislocación de la vértebra de la columna cervical, es decir se le rompe el cuello a la víctima, se supone que la muerte era instantánea pero no siempre ocurría así.
El último ejecutado en España a garrote vil fue Salvador Puig Antich el 2 de Marzo de 1974. Luis Llach le dedicó el tema “I si canto trist”
Luis Eduardo Aute compuso la canción “Al Alba”, con motivo de las últimas ejecuciones que se produjeron en España, aunque disfrazada de canción de amor para poder pasar la censura.
Afortunadamente con la muerte de Franco y la instauración de la democracia, se abolió la pena de muerte en la Constitución de 1.978 y se acabó con aquella barbarie.
Esto último no tiene nada que ver con “el día de las tartas”, pero he hecho mención a ello para resaltar la suerte que teníamos aquella juventud que por entonces subíamos a la montaña, que vivíamos en un mundo libre en el que todos nos considerábamos amigos, porque se podía decir que formábamos parte de un grupo, con las mismas ilusiones, que unos consiguieron cumplir y que otros nos quedamos a medio camino.


sábado, 13 de febrero de 2010

MANIFIESTO POR LA JUSTICIA DE BALTASAR GARZON




¿Por qué un manifiesto a favor de Baltasar Garzón?

Un grupo de ciudadanos, preocupados por el significado del proceso abierto contra el Juez Baltasar Garzón y por sus consecuencias en la salud democrática de la Justicia española, han elaborado este manifiesto para que los ciudadanos y organizaciones sociales puedan ejercer su derecho a la libertad de expresión y a la defensa de la Justicia en la que creemos.

Cuánto más lo difundamos más influencia tendrá. Tu blog, tú facebook, tú twitter, tú mail son las mejores formas de difusión.

¡Pásalo!

Texto del “Manifiesto por la Justicia de Baltasar Garzón”

El juez Baltasar Garzón ha ejercido una justicia continuada y valiente durante veinte años en la Audiencia Nacional, comprometida con la defensa de los derechos humanos en España y en el mundo contra dictadores, terroristas, corruptos y enemigos de la democracia.
El juez Baltasar Garzón ha sido uno de los principales promotores del desarrollo en España del principio de Justicia Universal.
El juez Baltasar Garzón es víctima de una campaña promovida por sectores de extrema derecha, Falange Española y el sindicado fascista Manos Limpias, con una sorprendente connivencia de algunos sectores progresistas.
El proceso contra el juez Baltasar Garzón es en realidad un juicio sumario contra los defensores de la Democracia, la Justicia y los Derechos Humanos y a favor de la impunidad de crímenes muy graves de carácter internacional.
El juez Baltasar Garzón está siendo juzgado por una sala del Tribunal Supremo en la que la mayoría de sus miembros juraron lealtad al Movimiento Nacional del franquismo.
Una sentencia adversa al juez Baltasar Garzón, tras agotar las instancias judiciales españolas, acabaría probablemente con una superior sentencia condenatoria del Tribunal Europeo de Derechos Humanos contra el Estado español.
El juez Baltasar Garzón representa el modelo de justicia basado en la defensa de los Derechos Humanos conforme con su Derecho Internacional que millones de ciudadanos y víctimas reclaman en todo el mundo.
Ya en 2008 el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas recomendó al Estado español la derogación de la preconstitucional Ley de Amnistía de 1977.
Este caso vuelve a demostrar la necesidad de la Justicia Internacional. Incluso España, el país que intentó procesar al dictador Pinochet, es incapaz de juzgar su propia dictadura. Y quien lo intenta, es juzgado por ello.

La entrada está copiada del blog de mi amiga ѕagιтario

lunes, 8 de febrero de 2010

RIGOR CIENTIFICO Y EVIDENCIAS DEL CAMBIO

En los últimos días hemos visto diversos titulares en referencia al cambio climatico y al llamado "climagate".

Salvemos la libertad cientifica.
El "climagate" revela malas prácticas investigadoras por preseión ambiental y politica. El calentamiento no esta en cuestión pero es obligado mas rigor.
Mas miedo al pacto que al clima.
87 paises suscriben Copenhague, pero sin objetivos firmes



Analisis de TERESA RIBERA
Secretaria de Estado de Cambio Cilmático

En los últimos meses hemos visto en los medios de comunicación críticas al Grupo Intergubernamental de Expertos de Cambio Climático (IPCC). La coincidencia de fechas con las proximidades de la Cumbre de Copenhague nos ha llevado a pensar si existía alguna intención deliberada de desacreditar a la ciencia del cambio climático.

Existe un amplio consenso en la mayoría de la comunidad científica sobre el calentamiento del sistema climático. Esta conclusión está más allá de cualquier argumento, así lo demuestran los sólidos datos que se desprenden del análisis de la temperatura media global de la superficie del planeta. La evidencia del cambio climático en los últimos 100 años no sólo se puede deducir del incremento de la temperatura media global sino también de los cambios observados en el retroceso de los glaciares, la reducción del hielo en el Ártico, así como de los cambios en los comportamientos de la naturaleza.

El IPCC basa su trabajo en la literatura científica revisada y sus procedimientos y evaluaciones responden a un proceso riguroso y transparente, en el que participan científicos reconocidos y de diversas disciplinas procedentes de un gran número de países. Por ello, sus informes, sujetos de manera adicional a amplia revisión de expertos y Gobiernos, son imparciales, abiertos y objetivos. Las informaciones publicadas estos días en los medios de comunicación en relación con los glaciares responden a un error detectado en un informe de en torno a 1.000 páginas y que en ningún momento cuestiona o invalida la principal conclusión del documento, ni las evidencias científicas del cambio climático. Es más, la detección de este error es una prueba más de la evaluación constante y del análisis contrastado del trabajo abierto del IPCC. No es descartable -aunque no sea deseable, evidentemente- que pueda identificarse algún otro error en alguno de los datos fácticos de éste o de cualquier otro trabajo científico. En estos casos, sí debemos ser cuidadosos a la hora de extraer conclusiones y extrapolarlas al resto del informe invalidando el conjunto del trabajo o el resto de la información.

Ningún procedimiento de evaluación es inmune a un mal uso puntual, por ello, debemos trabajar para asegurar que se aplican los sistemas de control de calidad que tiene establecidos el IPCC, al mismo tiempo que se mejoran y amplían los procesos de evaluación y revisión de sus informes.

La sociedad y sus responsables políticos deben basar las decisiones y medidas que adopten de acuerdo con el mejor conocimiento científico y datos disponibles aportados por la investigación y la observación constantes. La credibilidad del sistema se basa en la calidad de la mejor ciencia posible y el IPCC sigue siendo una referencia de ello.

Publicado por EL PAIS 06/02/2010